Relato
Un electricista francés tenía en su casa 271 Picassos originales desconocidos; en Berlín se encontraron esculturas “degeneradas”, y el arte sigue saliendo a la luz…
Valentín Trujillo de la redacción de El Observador
El verso del título es del gran Paul Celan, que escribió un poema sobre esos sentimientos o cosas que lanzamos a un agua metafórica en forma de botellas y que vuelven a esa orilla tan querida en el momento menos pensado. La cita es una “recita”, pues la usó nada más y nada menos que el editor de la sección de arte del New York Times, Michael Kimmelman, quien viajó hasta Berlín para asistir a la exposición de una serie de esculturas recuperadas de una excavación en la capital alemana.
La cosa fue así. Cerca de la alcaldía berlinesa están excavando el pozo para una nueva línea de metro. En enero de este año comenzaron a aparecer en esa excavación una serie de esculturas: primero el busto de bronce con una cara de mujer, luego otra pieza casi irreconocible por el herrumbre y el desgaste. El descubrimiento fue fortuito y casual, pero los obreros sintieron que estaban excavando en las pirámides. Se consultó a diferentes expertos para intentar explicar el hecho.
Resultaron ser obras de artistas que en la década de los 30 el régimen nazi consideró como “degenerados”, pues no se adaptaban a lo que Adolf Hitler y su ministro de Información Joseph Goebbels pretendían que fueran las normas estéticas arias y germánicas.
Los nombres no pasaron a la posteridad como otros pintores y diseñadores del mismo período. Edwin Scharff, Otto Baum, Marg Moll, Otto Freundlich son algunos de los artistas cuyas obras se recuperaron en la excavación del metro berlinés. Son modernistas y cubistas, muy influidos por las vanguardias parisinas surgidas en las décadas anteriores.
Hace unos días, se inauguró la exposición de las obras recuperadas. Según Kimmelman, la pequeña muestra (son solo 11 esculturas) es emocionante. Además, según los investigadores, para evitar la destrucción de estas obras existió una especie de Oskar Schindler de las esculturas, un tal Erhard Oewerdieck, un agente de impuestos que las retuvo y las mantuvo a salvo en su apartamento. Durante un fuerte bombardeo en 1944, parte del edificio se derrumbó. Cuando comenzaron las tareas de refacción de la ciudad, se construyó encima de esos escombros.
La necesidad de una nueva línea de metro las sacó de nuevo a la luz y Berlín demostró, como Ciudad de México, que su subsuelo, en forma vertical puede cortar la línea horizontal de tiempo y todavía ofrece objetos artísticos capaces de sorprender al mundo.
Algunas obras parecen tener el poder de vencer el tiempo y las circunstancias. Anteayer, un anónimo electricista francés llamado Pierre Le Guennec se presentó ante el mismísimo hijo de Pablo Picasso, Claude, para demostrar la autenticidad de más de 200 obras del célebre pintor de Málaga (recursivamente, ciudad más célebre por haber sido la cuna de Picasso).
El electricista dijo haberlas recibido de manos del propio Picasso, en una mezcla de amistad y forma de pago por los diversos trabajos que Le Guennec hizo en las propiedades del pintor, que vivió en Francia desde 1906 hasta su muerte en 1973.
La noticia, que se hizo pública por un artículo que sacó el diario francés Liberation, sacudió el ambiente cultural mundial. Es una cifra muy alta en cantidad de obras (y de dinero, ya que se evalúa en unos 60 millones de euros), y muchos museos están ávidos de poseer esa muestra en breve. Más allá de la polémica que se ha desatado, porque Claude Picasso acusa al electricista de robo –ya que afirma que si bien su padre era un hombre generoso nunca regaló tantos cuadros y dibujos–, lo que se demuestra con esto es que nunca se puede conocer el final de la obra de un artista, que como un aljibe viejo sigue descendiendo en su fondo.